Aquella primavera del ‘87 en la que Reinosa perdió la inocencia

El ataque neoliberal que sufrimos me hace recordar cosas que viví hace 25 años, una especie de ‘para que yo gane, tú tienes que perder’”, explica Marcos Gutiérrez, campurriano afincado en Santander y uno de los autores de Reinosa contra el miedo (1988, Editorial Revolución). 25 años después, las asociaciones de la comarca siguen rememorando aquellos sucesos de la “Primavera del ‘87” en que la población se puso en pie, unida contra unos planes del Gobierno, entonces del PSOE, que herían de muerte la estructura productiva de la comarca. Días en los que la población sufrió una represión brutal a manos de la Guardia Civil, y en los que un trabajador, Gonzalo Ruiz, murió asfixiado por botes de humo. En su honor, una asociación, no las instituciones, colocaría una placa en el pueblo. Meses de lucha en los que Reinosa perdió la inocencia, en los que “la gente descubrió la brutalidad del sistema”, señala Gutiérrez.

El 7 de marzo de 1987, la prensa cántabra informaba de una terrible noticia para la comarca de Campoo: un expediente de regulación de empleo que implicaría casi 500 excedentes para Forjas y Aceros de Reinosa, factoría conocida en la comarca como La Naval, motor del desarrollo de la zona. Llovía sobre mojado en Cantabria que, según había informado el periódico autonómico Alerta, en 1986 era “la región más afectada por la crisis”.

En medio del estupor, para acabar de encender la mecha, el día siguiente Alerta daba a conocer que Enrique Antolín, presidente de La Naval, abandonaba su cargo para ocuparse de la Consejería de Obras Públicas del Gobierno Vasco. La noticia provocó la ira de una población que sospechaba que el Gobierno sacrificaba la fábrica y daba a Antolín un cargo como premio a su colaboración.

La Guardia Civil se ensaña

El 11 de marzo, Antolín acude a despedirse de los directivos, y los trabajadores deciden retenerle para llamar la atención sobre su caso. Pronto, la Guardia Civil acude a la zona, pero se mantiene al margen mientras los trabajadores conversan con el delegado del Gobierno, Antonio Pallarés. Las conversaciones no fructifican y, la mañana del 12 de marzo, Pallarés da instrucciones a la Guardia Civil para que proceda a la liberación de Antolín. 34 miembros de la Unidad Especial de Intervención asaltan el búnker donde se encuentra, mientras 321 guardias civiles se disponen a dispersar a obreros y familiares, que se han concentrado a la entrada de la fábrica en respuesta a la sirena que han hecho sonar como aviso sus compañeros. Pelotas de goma, botes de humo y una violencia desmedida no consiguen amilanar a la población, que resiste. Ese día deja una estampa que la Benemérita no perdonará: los guardias tienen que salir del pueblo pañuelo blanco en mano.

En los días siguientes, la prensa vierte duras críticas sobre el comportamiento de la población y los trabajadores. El director de la Guardia Civil, Luis Roldán –después condenado por corrupción–, habla de “actuación ejemplar” de los agentes. El ministro de Interior, José Barrionuevo, afirma de los de Reinosa que son “violentos y [la] vergüenza de la clase trabajadora”.

EN CANTABRIA LA POBLACIÓN RECUERDA CON ORGULLO UNOS HECHOS QUE LA CLASE POLÍTICA HA INTENTADO CONDENAR AL OLVIDO

Aunque la presencia de la Guardia Civil es constante en el mes siguiente, hasta el punto de que la población ha de proteger con madera sus ventanas de los constantes pelotazos, la venganza llegará el 16 de abril. Ese Jueves Santo, un auténtico asedio deja, además de un elevadísimo saldo de heridos y detenidos, un trabajador fallecido 15 días después, Gonzalo Ruiz, debido a la inhalación de hasta siete botes de humo lanzados en su garaje. El juicio posterior negará la responsabilidad del instituto armado en lo que toda la población considera un asesinato. El 6 de mayo, el día de su entierro, toda la Cantabria obrera amanece de luto. A la periodista de RNE, Marosa Montañés, que cubrirá a pie de calle la jornada de venganza, emitir la verdad le costará su marcha de Cantabria.

Asambleas ciudadanas

Estábamos tan indignados que empezamos a hablar de que teníamos que hacer algo, y decidimos mandar una circular convocando a todas las fuerzas de Reinosa”, explica María Gutiérrez, una de las impulsoras de la Asamblea Ciudadana. Ella no tenía, como tantas otras personas del pueblo, experiencia en movilizaciones y ninguno de sus familiares, cosa rara en Reinosa, trabajaba en la factoría. Pero la solidaridad se extendió por toda la zona, porque los despidos en La Naval no sólo afectaban a los trabajadores. Así, explica Miguel Ángel Tejerina, uno de los expedientados y posteriormente despedidos, “se dinamizó mucho la vida social en el pueblo” puesto que “se constituyeron colectivos ciudadanos, de mujeres, de estudiantes, asambleas de barrio, etc.” El ritmo de movilizaciones y acciones fue intenso.

Aunque la reconversión se llevó a término, y ninguna de las promesas para la zona fueron cumplidas, “hay generaciones jóvenes que sienten el orgullo de una comarca que se enfrentó a un poder bestial”, explica Marcos, para quien “Reinosa nos enseñó que las páginas de la historia están llenas de gestos de negativa a la resignación que hoy, especialmente, conviene recordar”.

Patricia Manrique /Redacción Cantabria

http://www.diagonalperiodico.net/Aquella-primavera-del-87-en-la-que.html

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