A pedradas contra el progreso.- M.Amorós

 “Lo que nos habíamos propuesto era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, se hunde en un nuevo género de barbarie.”   

(Max Horkheimer, Theodor Adorno, Dialéctica de la Ilustración)

Hoy en día resulta trivial entre la clase dirigente y sus complacientes servidores referirse al progreso para justificar cada agresión social resultante de una operación económica o político económica. En la medida en que favorece los cada vez más agresivos intereses de la economía autónoma, la sociedad es para ella hija de ese progreso; pero en la medida en que se dejan notar intereses opuestos a la mencionada agresión, la sociedad, o al menos la parte representada por dichos intereses, va contra el progreso, cometiendo el mayor de los dislates, pues todo el mundo sabe que al progreso no se le pueden poner barreras. Se produce la paradoja de que perseguir objetivos antaño asociados a la idea de progreso como por ejemplo la autonomía individual o la humanización de la Naturaleza resulten según cómo antiprogresistas. Al decir de los dirigentes, los aumentos en la destrucción del entorno, la dependencia y el control social propios de cada etapa del progreso, es decir, de cada ampliación cualitativa de los intereses dominantes, son el precio que ha de pagar la sociedad por los supuestos beneficios que ello le acarrea. Entonces, el progreso, tal y como se le nombra en la actualidad, no significa más que el avance de los procesos de concentración de poder de la clase que decide sobre la economía, la abundancia de medios científicos, tecnológicos y económicos que lo incrementan, la generalización de las actividades sociales que como la política profesional, el trabajo asalariado y el ocio industrial que extienden y profundizan el conformismo y la sumisión de los individuos a los dictados del mercado.

Al revés de lo que pensaba Voltaire, los mortales más instruidos no se han mostrado menos inhumanos. Más bien la civilización se ha revelado como un estado de brutalidad racionalizada. El bienestar material no favorece la elevación moral, ni el conocimiento instrumental la convivencia en libertad. El eterno presente no conduce a mentalidades saludables; cualquier psiquiatra podría confirmar que la pérdida de la experiencia y la memoria producen trastornos de identidad. Por más que se diga que el mañana de la adaptación será mejor que el incontrolado ayer, que el antes oscurantista es inferior al racional después, a la vista de los resultados puede decirse que este tipo de progreso no instruye, sino que domestica; no moraliza, sino que atrofia el sentimiento; no sana, sino que se adapta a la enfermedad. No hay relación directa entre civilización y realización personal. Es más, progresan los condicionantes, retrocede la conciencia, crece la atomización. La ciencia se descubre como una superstición, la confianza en las invenciones tecnológicas, como una ingenuidad, la enseñanza pública como una institucionalización de la ignorancia. Todas ellas son instrumentos al servicio de lo existente. La sociedad en lugar de ascender hacia una mayor humanización se hunde en una barbarie de nuevo tipo a la que siguen llamando progreso; involuciona hacia un ideal tecnoeconómico de dominio. El crecimiento de la economía, el verdadero progreso, manda sobre cualquier otra consideración, elevándose su poder conforme desaparecen las libertades y se embotan todas las facultades humanas. Progreso no es otra cosa que desarrollismo, sometimiento de la sociedad entera a las leyes de la mercancía, a las exigencias de la tecnología, al ordenamiento urbanístico; progreso es destrucción del territorio, fetichismo científico, degradación cultural, crecimiento ilimitado de la burocracia administrativa y política, dominio de las corporaciones económicas y financieras. La palabra progreso en el sentido que se le confiere actualmente pasa por encima de la división entre dirigentes y dirigidos, entre opresores y oprimidos, entre jefes y subordinados, entre protagonistas y espectadores, que corresponde a la relación social imperante, para ocultar el hecho de que su dirección, proclamada beneficiosa para todos, no lo es sino para los miembros de la clase usurpadora. El lenguaje de la ciencia y de la técnica –el del progreso– es el lenguaje del orden. Lo que éste define como modernización, bienestar y libertad, no es más que artificialización, consumismo y partitocracia. El progreso es eso y muchas cosas más. Es ese carro al que hay que subirse dondequiera que nos lleve. Es una coartada del orden injusto, un santo y seña que vale para todo, una consigna de los ejecutivos y políticos, un mito de la ideología dominante obtenido por degradación de un concepto clave de la burguesía del periodo revolucionario contra los argumentos religiosos y tradicionalistas del Antiguo Régimen. Es un axioma del statu quo, un elemento fundamental de la doctrina mistificadora del poder.

Remontándose al origen, la idea moderna de progreso procede de la secularización de una concepción cristiana de la historia, la de San Agustín y Paulo Orosio. En efecto, el ecumenismo, la idea de tiempo lineal y divisible, el concepto de necesidad histórica del avance y su culminación de acuerdo con un plan establecido en un estado final de beatitud, son el armazón teórico de la idea de progreso. En el lenguaje emancipado de la religión la Razón ha sustituido a la providencia divina y la felicidad terrenal ocupa el lugar de la salvación de las almas. La historia ya no es el escenario del enfrentamiento del Bien contra el Mal, sino el de la lucha entre la Razón y la Sinrazón. Como quiera que sea, la función histórica que iba a desempeñar la idea y las fuerzas que iba a movilizar eran cosa muy distinta en el mundo agustiniano que en la Europa absolutista. Así pues, digamos el progresismo, bien alimentado por la Ilustración, arrancó con el discurso de Turgot en la Sorbona el 11 de diciembre de 1750, primera formulación de la mentalidad de una oligarquía ilustrada de funcionarios de la Monarquía, que al devenir el núcleo de una clase en ascenso, la burguesía, se sentía plenamente preparada para ejercer el poder en nombre de toda la sociedad compartiéndolo con la realeza, o si la correlación de fuerzas lo permitía, arrebatándoselo. Los espíritus más lúcidos de la época vieron en la Revolución Francesa un signo inequívoco del progreso. La idea de la marcha regular y gradual del género humano desde los niveles más bajos de la animalidad hacia un estadio máximo de humanización, gracias al desarrollo científico (Francis Bacon, William Godwin), a la riqueza de las naciones (los fisiócratas, Adam Smith) y a la instrucción universal (Condorcet) se constituyó entonces en uno de los pilares del pensamiento moderno. Para los filósofos enciclopedistas o sus contemporáneos afines la humanidad avanzaba por etapas obligadas hacia una mayor perfección. Conforme el tiempo pasaba y la liberación de las ataduras del mito, la costumbre y la religión permitían una visión del mundo desencantada, se iba de peor a mejor. Saber y poder eran lo mismo. La perfectibilidad de la razón humana era infinita (Fontenelle). Cada generación se acercaba más al nivel superior de plenitud feliz, conforme se acumulaban los conocimientos, las industrias y los capitales. La igualdad y las libertades serían una consecuencia necesaria de los progresos de la Razón y de la prosperidad, del paso armonioso o revolucionario de la oscuridad a las luces y de la pobreza a la abundancia. Lo viejo, testimonio del pasado, debía de sucumbir ante lo nuevo que, preñado de porvenir, pugnaba por imponerse. Era tal su empuje que la libertad vendría por sí misma, sin apenas resistencias. El pasado dejaba de tener un carácter memorable y ejemplar. Se podía considerar que la historia de la especie humana consistía en la ejecución de un plan secreto establecido por la Naturaleza, cuyo despliegue tenía en los derechos ciudadanos su programa y en las luchas constitucionales del presente su avanzadilla, desde donde atisbar el fin histórico supremo, el futuro consolador en el que los hombres (y las mujeres) desarrollarían libremente todas sus cualidades y cumplirían con su destino, el mismísimo progreso.

La historia pues pasaba a concebirse como un ascenso objetivo e imparable del ser humano hacia metas superiores. Al desvelarse el telos de la historia, su intención racional, el paraíso descendía de los cielos para habitar el mundo real, quedándose el otro en el desván. Se producía una marcada distinción entre los que dio en llamarse salvajes y los civilizados. La primitiva Edad de Oro quedaba situada en los orígenes sombríos de la humanidad “sin ley”, reino de lo arbitrario y de lo animal, de la sencillez inculta y del rudo atraso, de la “libertad insensata” (Kant) y de la guerra de todos contra todos (Hobbes), a superar por un contrato que implicaba la postración ante una fuerza legal consentida, ejercida por un Estado moderno. Bajo su sombra protectora los civilizados realizaban incesantes esfuerzos para someter a la Naturaleza mediante el estudio y el trabajo. En un principio la sociedad feliz e igualitaria de los salvajes había servido de arma a la Razón, demostrando un origen natural y no divino de la sociedad y el Estado a la vez que ilustrando los contrastes entre una sociedad corrompida por el privilegio y la religión y otra gobernada por la ley natural. Sin embargo, los mismos argumentos fueron luego empleados por quienes cuestionaban desde el pesimismo y el misticismo las bienaventuranzas del progreso, especialmente los románticos, los primeros críticos de la sociedad burguesa, aquellos para los que los sueños de la Razón habían engendrado monstruos. Para refutarlas surgió el idealismo alemán englobando a antiguos y modernos, a críticos y apologistas, en una única filosofía de la historia, como momentos del desarrollo del Espíritu en el tiempo, y asimismo de la libertad, que es su esencia: “La historia universal es el progreso de la conciencia de la libertad” (Hegel), conciencia de la que están excluidos los “pueblos no históricos”, es decir, de los pueblos sin Estado, sin modernidad, sin capitalismo. Sin embargo la filosofía de la historia que tuvo el mérito de pensar el movimiento revolucionario burgués y traducirlo en conceptos, no expresaba sino su última conclusión, la consagración del presente. Cediendo la palabra a Nietzsche, gran debelador del progreso moderno: “para Hegel el punto máximo y final del proceso universal coincidía con su propia existencia berlinesa (…) implantó en las generaciones penetradas por su doctrina esa admiración por el ‘poder de la Historia’, que, en la práctica, se transforma a cada instante en admiración desnuda por el éxito y conduce a la adoración divina de lo dado (…) Quien ya haya aprendido a doblar la espalda y asentir con la cabeza al ‘poder de la Historia’ termina finalmente por otorgar un ‘sí’ mecánico-chinesco a cualquier poder, sea éste sólo un gobierno, una opinión pública o una mayoría numérica.” Justo para eliminar la contradicción que se cometía al definir el fracaso del racionalismo (y el retroceso post revolucionario) como un momento de su triunfo, aparece el positivismo, reivindicando el liderazgo de los científicos y los “industriales”. Al dividir Comte el decurso humano en tres etapas (teológica, metafísica y positiva o científica) inauguraron una costumbre que arraigó en todos los ámbitos de la cultura, convirtiendo el siglo XIX en la era de los modelos por etapas. Recordemos por ejemplo a Bachofen (hetairismo, matriarcado, patriarcado), a Hegel (despotismo, democracia o aristocracia, monarquía) a Morgan y Engels (salvajismo, barbarie, civilización) y a Marx (modos de producción antiguo, feudal y capitalista). Finalmente la Teoría de la Evolución, al sacar el progreso de la historia e inscribirlo en la Naturaleza, daría la solidez que faltaba a la idea para convertirse en tópico. Puesto que para Darwin el hombre descendía de “una criatura inferior”, sin raciocinio, sin duda las facultades intelectuales y morales de los civilizados debían estar tremendamente más desarrolladas que las de los “primitivos”, ya que éstos no tenían leyes, ni jefes y, lo peor de todo, ni Dios. Hegel, Comte y Darwin, cada uno por su lado, proporcionarían al pensamiento racionalista los argumentos definitivos que elevarían a finales del siglo XIX la idea de progreso a dogma indiscutible de la sociedad burguesa y lo convertirían en fetiche de una nueva religión popular fundada en el productivismo y las formas parlamentarias de gobierno burgués. La burguesía celebraba exposiciones universales y proclamaba sucesivamente la edad del acero, la del petróleo, la de la electricidad, la del átomo… en tanto que hitos progresivos de su dominio absoluto.

Encarnándose en fábricas, el progreso no solamente multiplicó la producción material sino que al destruir todas las reglas que habían ordenado hasta entonces el mundo del trabajo dio lugar a formas inauditas de explotación y miseria, convirtiéndose en agente de la revolución social tanto como de la industrial. Ese progreso no producía solamente mercancías, sino al propio movimiento obrero. Las primeras manifestaciones del proletariado no fueron pues ciertamente progresistas, puesto que la liquidación incompleta del Antiguo Régimen por la burguesía industrial y terrateniente, instaurando un nuevo sistema de propiedad y de producción manufacturera que alteraba las formas de vida tradicionales y generaba una miseria extrema, fue contestada con incendios, sabotajes y destrucción de máquinas, a menudo llevados a cabo por obreros de oficio, a los que se dio una cumplida respuesta represora. Las clases explotadas nunca admitieron las innovaciones técnicas de buen grado, pues sabían que “cualquier desarrollo de una fuerza productiva es un arma contra los obreros” (Marx), pero cuando creyeron que el problema residía menos en las máquinas que en la propiedad privada de las mismas, concluyeron en que la solución dependía de una expropiación general de los medios de producción, de forma a utilizarlos en provecho de todos. La solución conducía a un comunismo industrial donde las máquinas servirían a la sociedad y no al contrario. Hoy podemos decir que la cosa no es tan fácil y que la naturaleza del maquinismo y de la producción no son neutras, o que la dominación de la Naturaleza, aunque sea llevada a cabo colectivamente, engendra desequilibrios y miserias todavía peores. Pero cuando fueron formuladas las primeras teorías socialistas y anarquistas obreras, el proyecto de un mundo nuevo mediante la apropiación y gestión de los medios productivos era la opción más realista. Si error hubo, fue mejor el de creer que la burguesía se había convertido en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, o sea, para el progreso, ahora representado en la fuerza productiva principal, el proletariado. El movimiento obrero se volvió progresista, más que la burguesía, y en gran parte reformista, pues cada vez fueron más los convencidos de que, dados los avances científicos y tecnológicos, la explotación podría moderarse y, en el marco político de la democracia burguesa, las organizaciones obreras podrían establecer sin prisas y sin traumas revolucionarios un orden socialista, que no hubiera sido otra cosa que un capitalismo de Estado, sindical o partidista. La opción revolucionaria no hubiera llevado a ninguna otra parte.

Frente a esa empresa de desolación planificada cuyo programa explícito es la producción de un mundo inaprovechable, los revolucionarios se encuentran en la nueva situación de tener que luchar en defensa del presente para conservar abiertas todas las demás posibilidades de cambio –comenzando por la posibilidad primaria de las condiciones mínimas de supervivencia de la especie–, las mismas que la sociedad dominante trata de bloquear intentando reducir irrevocablemente la historia a la reproducción ampliada del pasado e intentando reducir el futuro a la gestión de los desperdicios del presente.”

(Encyclopédie des Nuisances, Discurso Preliminar)

Las dos guerras mundiales, los regímenes totalitarios y genocidas, el fracaso de las revoluciones rusa y española, la carrera armamentística, la concentración de poder y la cultura de masas, al convertir la barbarie en un hecho cotidiano, pulverizaron los fundamentos de la teoría del progreso. Una vez superados los obstáculos y las divergencias con el horror de las matanzas, se podía hablar de bienestar y democracia como si nunca hubiera habido otra cosa. El capitalismo, gracias a la tecnología, había desarrollado las fuerzas productivas hasta extremos impensables, corrompiendo y destruyendo de paso al medio obrero, pues el aumento de la capacidad de producir no creaba las condiciones de un mundo más justo e igualitario, sino que simplemente elevaba el poder del aparato político-económico e institucionalizaba la mediación frente lo cual los proletarios eran literalmente impotentes. La distancia entre los que deciden y los que obedecen se había multiplicado por veinte, al ritmo del comercio mundial, única ecumene. La Razón, dominando a la Naturaleza, es decir, sirviendo al capital, se transmutaba en Sinrazón, dominio de la clase propietaria. Los gérmenes de la regresión que cobijaba desde el principio se manifestaban por doquier: la irracionalidad gobernaba el mundo. La Historia no contenía ningún plan establecido, ni por supuesto la libertad se desplegaba en ella para llegar a cotas cada vez más altas. Nada de lo que acontecía, comenzando con la propia Historia, era necesario, sino simplemente posible, entre otros muchos sucesos probablemente mejores. La Historia transcurría sin sujeto, y, como corolario, las revoluciones dejaban de ser ineluctables incluso cuando las condiciones favorables llamaban a la puerta, es más, comparadas con los desastres, su número era exiguo. Al contemplarse el devenir histórico como una acumulación de catástrofes, el pasado se cortaba del presente tecnológicamente mejor equipado, pero no lo suficiente para asegurar el futuro, cada vez más incierto con la decrepitud o el horror a la vuelta de la esquina. El presente era pasado destruido, y, el futuro, presente por destruir. La ciencia reafirmaba el actual estado de cosas y su lenguaje conformista era el de los expertos y mercenarios a sueldo del poder. Cada nuevo descubrimiento y cada nueva invención, aplicándose de acuerdo con la obtención de beneficios privados y las necesidades de la dominación, jerárquica y centralizada, no descontaba en absoluto un peldaño hacia la felicidad, sino que implicaba un grado más en la sumisión. La perfectibilidad de la especie quedaba en entredicho ante los resultados nefastos de la invasión tecnológica de la vida y la difusión masiva de la enseñanza instrumentalizada; nada inclinaba a pensar que el ser humano era mejor que antes, puesto que en lugar de poseer una conciencia moral más desarrollada, permanecía moralmente degradado, sin dignidad ni memoria. Podía experimentar la igualdad con sus congéneres deshumanizados pero solamente en el aislamiento: sus relaciones más que líquidas se habían vuelto gaseosas. El sentido de su actividad escapaba a su comprensión, produciéndose lo que Gunther Anders llamaba “un desfase entre el hombre como ser que produce y el hombre que busca comprender su actividad productiva.” Vivía en un mundo objetivamente depravado, lo cual le eximía en cierto modo de sentirse corresponsable de la depravación; se había acostumbrado tanto a la misma que había dejado de considerarla como tal y si no con gusto con indiferencia participaba en ella. En este cuadro de desolación la mentira se había vuelto mundo, por lo que no era necesario mentir ya que las palabras expresaban siempre una cosa distinta a su significado original. Ya no eran portadoras de significado, sino puros signos carentes de sentido propio que forjaban estereotipos vacíos y repetitivos. Con un puñado de ellos –bienestar, derechos sociales, ciudadanía, desarrollo, sostenibilidad– fue rehabilitada la idea de progreso.

En la segunda mitad del siglo XX el llamado progreso culminó su momento destructivo que había debutado con la demolición de la individualidad y las masacres bélicas, destruyendo el medio físico sobre el que descansaba la actividad social. La postración de la necesidad y el deseo ante los imperativos capitalistas designaba al crecimiento económico –el consabido progreso—como principio rector de la política de los Estados, y, por lo tanto, como normativa general de la vida social. Las consecuencias tóxicas del desarrollismo se dejaron sentir con claridad cuando la principal fuerza productiva, la tecnociencia, al fundirse con la política y las finanzas, se convirtió en la principal fuerza destructiva. A partir de entonces la dominación tecnológica de la Naturaleza, comprendida la humana, se transformó en exterminio planificado. La destrucción de tierras de labor, de costas, de ríos y de montañas, la producción creciente de basura y el derroche energético, la anomia social y las guerras, la explosión demográfica y las hambrunas, la contaminación y el agotamiento de recursos, hacen del planeta un lugar cada vez menos habitable, y del progreso, una carrera bárbara hacia la aniquilación. Nunca se ha progresado tanto como hoy, dicen los dirigentes, y en efecto, nunca la perspectiva del fin había estado tan cerca, ni la deshumanización tan presente. Cada salto hacia delante es un acto de guerra contra el territorio y sus habitantes, lo único que queda por saber es cuanto falta para el punto a partir del cual la catástrofe sea irreversible, momento en que la sociedad actual comenzará a desmoronarse. Los rebeldes al proyecto progresista de devastación planificada, se ven abocados no sólo a recobrar los conocimientos pretéritos todavía no olvidados, sino a defender lo que queda de aprovechable del presente, con el objeto de garantizar de entrada unas posibilidades reales de supervivencia, conservando las opciones de cambio hacia una sociedad desindustrializada, desmotorizada y desurbanizada, en perfecta simbiosis con la Naturaleza. Hay que romper definitivamente con la idea de progreso: los seres humanos no somos ni el objeto central de la “creación”, ni la cúspide de la evolución. Somos una forma de vida que ha de encontrar la armonía perdida con las otras, integrándose totalmente en su medio. Ninguna formación cultural es superior o menos “primitiva” que las demás. La sociedad civilizada no fue más que fruto de un azar, que pudiera perfectamente no haberse dado, como efectivamente no se dio fuera de Europa, dejando a la sociedad tradicional, aquélla a la que los modernos llamaron bárbara, ofrecer mejores condiciones de libertad que las que hoy padecemos. No obstante, no debemos renunciar al conocimiento, al saber y al arte que nos han legado las generaciones precedentes, en la medida que ese fruto de inmensos esfuerzos humanos es también nuestra herencia, que podemos usar para entender el mundo y embellecerlo. Somos parte de un todo que hay que preservar, pero usando la Razón, no la de la los mercados, sino aquella que emana del conocimiento despreocupado que nace dentro de una sociedad libre y equilibrada, y que convierte la cuestión social en cuestión natural. De irracionalidad y primitivismo ya tenemos las alforjas repletas. Todavía existe la historia, que no es más que la historia de la opresión; la que vendrá después, cuando ésta acabe, si acaba, será la historia de los pueblos sin historia, es decir, sin diferencias de clase y sin Estado.

Miquel Amorós

Terminado el 16-10-2011 para el número 3 de la revista “Raíces”.

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